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NUESTROS ÁRBOLES: LA PALMERA

Especie: Phoenix dactylifera L. 

Familia botánica: Arecáceas

Según Herrera, son las palmeras árboles muy nobles y antiguamente las usaban traer en las manos en señal de paz y victoria.

Los egipcios la tenían por símbolo de la fertilidad, los cartagineses la estamparon en su moneda y en los monumentos, y los griegos y romanos la utilizaron como ornamento para las celebraciones triunfales, otorgándoles una palma a los atletas y corredores de carros triunfadores.  Posteriormente los cristianos la consideraron como símbolo de paz y del martirio, sacándola en procesión el Domingo de Ramos para recordar  la entrada de Jesús en Jerusalén.

Este esbelto y elegante árbol, que sirve de tipo a una familia natural, y cuyo  flexible astil, en forma  de una alta columna, eleva a tal altura su bello y pintoresco penacho de hojas, es sumamente  útil al agricultor, por el abundante y estimado fruto con que le paga los pocas cuidados que recibe, y también porque nunca o pocas veces enferma, ni tiene hormigas, ni gusanos, es decir, que no le atacan los insectos, lo cual no es poca ventaja.

El tronco, desnudo y cilíndrico, que adquiere a veces hasta doscientos pies de altura, y que mece caprichosamente tan poética cima, presenta varios circuitos concéntricos, que no son otra cosa sino la base de las hojas, aladas y de unos diez a doce pies de longitud; las centrales son mas cortas y reunidas; las exteriores colgantes a las veces, pero con espinitas bastante agudas en la base. Las hojuelas son enjutas, ensiformes, dobladas y sentadas. En el centro de la palmera, existe un cogollo, verdadera yema terminal, por donde continúa el árbol su crecimiento en altura.

 Imagen de muestra

Palmeras que arraigan en el casarón de María la del Pino. Foto: Miguel Vázquez González

 

Al cabo de ocho ó diez años, ya comienza á fructificar esta hermosa planta dioica, es decir, cuyas flores, masculinas y femeninas, se encuentran en distintos pies.  Por  este motivo, las que arraigan en el casarón  de María la del Pino y que aparecen en la fotografía, nunca ha dado dátiles; sin embargo, las dos  que crecen en el huerto del Chingo, junto al Camino de Gibraltar, son macho y hembra y por tanto dan frutos.

Se conocen muchas variedades de palmeras datileras. Según Antonio Blanco Fernández, en la villa de Elche, provincia de Alicante, hay bosques extensos de palmeras, entre las cuales, son notables las que producen los dátiles llamados candits, que maduran en el árbol, y se comen sin otro aderezo; las que los dan morados; otras los producen amarillentos, gruesos y de carne firme. Las variedades que se conocen en Berbería parece llegan á quince. En  Canarias y en Cuba se cultivan otras distintas.

Las palmeras quieren un clima cálido; el terreno suelto, arenisco y salobre; por esta última circunstancia, prefieren las inmediaciones del mar.

La palmera se multiplica por semilla, por hijuelos barbados, nacidos alrededor del árbol, y por esqueje, o sea por los cogollos que brotan en la parte superior del tronco, junto la corona de aquel.

El cultivo de la palmera requiere de ciertos cuidados  a saber: Los riegos oportunos son tanto más necesarios, cuanto que sabemos aprecia esta planta la humedad. Para que la conserve por más tiempo, hágase al pié de cada palmera una pileta donde se detenga cierta cantidad de agua, tan provechosa en dosis moderada, como perjudicial si es excesiva. Se darán además al terreno las cavas, o rejas suficientes, hasta que las palmeras tengan cuatro pies de alto.

Al  paso que el nuevo individuo vaya creciendo, se cuida de quitarle las hojas sobrantes, para facilitar la formación del tronco.

Pero, el cuidado principal que estas plantas requieren, tan luego comienzan a florecer, es el relativo a asegurar la fecundación. Ya dijimos le las flores masculinas y femeninas existen en distintos pies; por lo tanto, es necesario se ponga en contacto el polen de unas con el estigma de las otras, para que puedan dar fruto. Y aun cuando dicho fenómeno se verifica muchas veces, sin que la mano del hombre intervenga, cultivándose, como se cultivan, algunos pies machos entre los hembras, sucede á veces, que o ya por no haber de estos últimos, ya por la distancia que los separa, ya finalmente por algún vicio accidental de los estambres, es necesaria la fecundación artificial; operación sencilla que consiste en sacudir simplemente las flores masculinas sobre las femeninas, o en colgar racimos de aquellas entre las segundas, para que el polen, cayendo por su propio peso, las fecunde de una manera segura. La época variará, según el clima, localidad y otras circunstancias. En todos los casos, es preciso que el polen se halle bien elaborado, y que el estigma se encuentre turgente y algo húmedo.

La fecundación artificial ofrece un medio seguro de convertir en frutos los racimos femeninos, pudiendo ahorrarse el agricultor el cultivo de tantos pies estériles como necesita, si ha de fiar al masculino tan importante acto.

La recolección de los dátiles se hace tan luego hubieron adquirido todo su volumen, y cuando comienzan a cambiar de color unos, y después que maduraron los otros; cuyo último estado se conoce, porque además de tornarse de otro matiz, se arrugan. Los que se cogen maduros, se gastan sin otra preparación, o se conservan en sitios apropiados, y algunos, sin separar del racimo. Pero los ásperos se deben rociar con  vinagre, manteniéndolo un par de días cubiertos con un paño, en sitio a propósito, para que comiencen a fermentar, pues de otro modo, no se pueden comer.

Desde la antigüedad los pueblos africanos han aprovechado la pulpa de los dátiles, previamente seca y molida, para hacer un pan agradable y muy nutritivo. 

En las islas Canarias se extrae de las palmeras machos un licor, que después de fermentar, llaman garapo, vino de Palma, los naturales de aquel país. Si en vez de dejar que fermente el líquido indicado, se le cuece en una caldera, condensándolo, hasta que forme hebras, se tiene una miel bastante grata, aunque conserva un poco de gusto a palmito.

Las hojas de las palmas machos pueden utilizarse, después que adquieran un color blanco-amarillento, para la procesión del Domingo de Ramos. También aprovecha la palma blanqueada para sombreros y esterillas. De las ramificaciones del racimo, se pueden hacer escobas; de sus raíces, machacadas conducentemente, se elaboran sogas gruesas. El tronco suministra una madera utilísima para varios usos artísticos.

 

Bibliografía

Antonio Blanco Fdez.  Arboricultura o sea Cultivo de Árboles y Arbustos. Tomo I, Madrid, 1884

 articulos.infojardin.com

 
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