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VERANO

En primer lugar, aprovecho, recien comenzado este cálido verano, la ocasión para evocar algunos detalles de aquellos veranos de nuestra niñez vividos con tanta intesidad en Gaucín, el pueblo que nos vió nacer, en el que crecimos y jugamos hasta caer rendidos.

El pueblo que forjó nuestros sueños e ilusiones, donde nos sentimos  queridos por nuestros padres y amigos, donde surgieron los primeros y más intensos enamoramientos. En definitiva, donde gozamos de los albores de nuestras vidas y echamos raices de identidad. En segundo lugar, quiero dedicar estas vivencias veraniegas a todos los paisanos ausentes, niños de mi generación, desperdigados por toda la geograía española y algunos en el extranjero, para recordarles que todos fuimos niños en Gaucín. Por ultimo, solicitar a mis amables lectores colaboración en forma de anecdotas, vivencias, fotos, etc., que nos ayuden a comprender mejor nuestra historia personal. Podéis utilizar los canales habituales de cominicación; libro de visitas de la web, correo elctrónico, correo ordinario... Gracias, y hasta siempre.

 

- Para los niños de mi generación, en Gaucín, la llegada del verano, la estación del año por antonomasia, significaba mayores cotas de libertad, más tiempo libre para el juego en la calle y, sobre todo, más alegría. Hacía algo más de una semana que habíamos dejado atrás los últimos días de escuela, acabado los exámenes y arrinconado todos los bártulos  que hacían referencia a la misma. Ya sólo pensábamos en baños, en juegos y en reunir unas cuantas monedas en la alcancía  para la Feria de agosto, mediante la visita semanal a las abuelas, tías y toda la parentela que estuviese dispuesta a soltar unas perras gordas.

Entonces no existía el cambio de horario y los ritmos de los días lo marcaban los astros. Recuerdo que los días de mi niñez eran largos y soleados, los atardeceres arrebolados y llenos de silbos de vencejos en veloces y acrobáticos vuelos sobre los tejados,  los anocheceres serenos, donde el griterío de los zagales en sus juegos se confundía con el sonido agudo y monótono de los grillos. Estábamos en verano y teníamos que pasarlo lo mejor posible.

Mis amigos Jesús Martín, los hermanos Manolo y Luís Serrano, Corbacho, Mayora, Pedro Herrera, Pedrito el de la Posada, Luciano, los hermanos Godino Sánchez, Alfonso el Confitero, Antonio Fortuna, Paquito Sanz-Daza, también conocido por Paquito Edmundo, los hermanos Jerónimo y Francisco Luís González Mellado, los hermanos Godino Sánchez… y muchos zagales más,  no dejaban de apremiarme para que mi madre abriese la alberca a los baños a partir del trece  de junio, día de San Antonio; la verdad, yo era el más impaciente,  pero ella se resistía a dar el visto bueno y hasta el día el 21 de junio, onomástica de San Luís Gonzaga, que era la entrada oficial del verano, no nos daba carta blanca para los  chapuzones.

En Gaucín, había pocos sitios para bañarse y aprender a nadar,  la alberca de Agraciana, como se le conocía entonces, más tarde se llamaría la alberca de María la del Pino, era la única en el pueblo que se llenaba todos los días con agua potable  y reunía unas mínimas condiciones higiénicas. Indudablemente había más albercas  en Gaucín pero prácticamente todas gozaban de una relativa salubridad a la hora de sumergirse en ellas, pues llenaban con los desperdicios de las fuentes públicas. Entre ellas, la de la  Huerta de los Frailes era la más grande y limpia, sin embargo nunca fue abierta al baño público. En los alrededores del pueblo los chiquillos contábamos, para refrescarnos, con las albercas de la Huerta Hacho, la del Huerto Cuarterón, la de las Pilas, la de la Almuña; así como con las charcas del arroyo Lareta y, como no, el río Genal, que da nombre a todo un valle, con las emblemáticas charcas de Pontoco y Vadillo, a la que bajábamos al menos tres veces durante el verano.   

Volviendo sobre al alberca por excelencia de nuestra infancia diré que, aunque parezca mentira,  tenía unas dimensiones de 2,5 x 2,5 x 1,5 metros, o lo que es lo mismo almacenaba un volumen equivalente a 9 ó 10 metros cúbicos de agua; suficiente para que toda una tribu de zagales nos metiésemos en ella y disfrutásemos como verdaderos marranillos en un barrizal. Siempre me refiero a zagales y no zagalas porque en las estrictas costumbres de nuestra niñez nos estaba explícitamente prohibido el baño conjunto. Mi madre el tema de la moralidad lo llevaba a rajatabla, por la mañana se bañaban los niños y por la tarde las niñas  siempre vigiladas por una persona mayor para que ningún niño osara ver a aquellas angelicales criaturas en traje de baño, que si mal no recuerdo, pues yo era un consumado espía, unos bañadores feísimos, cubriéndose encina con una especie de vestido, de manera que, si quiere arroz Catalina, como se solía decir, aunque las viera no veía nada del otro mundo.

Generalmente, los bañistas tenían que pagar una pequeña cantidad por acceder a la alberca, sólo los considerados familiares y amigos nuestros no pagaban. Recuerdo que mi  madre empezó cobrando dos reales, es decir, cincuenta céntimos, hasta llegar en años sucesivos seis reales o lo que era igual a una peseta con cincuenta céntimos. Había días, sobre todo los domingos, en que se juntaban hasta treinta bañistas, y nueve duros en una época como aquella podían ser considerados como unos ingresos pingües. A estas ganancias, casi todos los días le añadía la derivada de los platos de lupinos y las priñacas o pipirranas que mi madre preparaba primorosamente en barreños vidriados y las botellas de vino mosto que solían pedir los mayores. Los más pequeños tomábamos sólo lupinos y agua del chorro.

Aparte de los baños en la alberca de Agraciana, todos los veranos organizábamos excursiones al río Genal para pasar el día, generalmente un domingo. Salíamos después de la misa de alba. Tras quedar en el lugar convenido; unas veces, bajábamos por el Camino del Molino, la Capellanía, el Arroyo de Coto, en este punto cruzábamos el río para llegar a la Charca de Vadillo; otras, tomábamos el camino del Pino, por las Cabrizuelas, el Cerro Herrera, el Arroyo de Lareta, las Limas llegábamos hasta la Huerta de Señó Juan, el Zorro, donde vadeábamos el río  llegar a la Charca de Pontoco. Por ambos itinerarios se tardaba el mismo tiempo, poco más de una hora. A estas giras solíamos ir niños y niñas, con la ventaja de que no venían personas mayores para vigilar. Pero, que tontitos éramos los unos y las otras, salvo cuatro bromas dentro de un orden, nada fuera de lo normal ocurría. Digamos que éramos personas decentes y así quedamos mejor.

El acto de bañarse estaba acompañado de un ritual de sonsonetes, retahílas  y gestos que todos cumplíamos al pie de la letra: guardar al menos dos horas después de haber comido para tener hecha la digestión antes de meterte en el agua, santiguarse y entrar despacio en la alberca para no morir de la impresión, había que mojarse la cabeza y las sangraderas para evitar una congestión. A la hora de dejar el baño, empezaba el rito de las zambullidas, decíamos las siguientes retahílas:        

 

-La zambullida de Cristo;

si no me ahogo,

me visto.

 

La zambullida del gato;

si no me ahogo,

me pongo los zapatos.

 

JUEGOS

 

Otras de las pasiones infantiles del verano eran los juegos en la calle. Después de cenar, mientras los vecinos se juntaban para tomar el fresco y charlar a la puerta de sus casas, los niños quedábamos con los amigos y salíamos a la calle y allí nos encontrábamos y jugábamos hasta caer rendidos. Los  juegos infantiles de ni niñez tenían un componente físico importante, nos ejercitábamos principalmente en la carrera, el salto, el quiebro, la fuerza. Los juegos más significativos entre los niños eran: coger, tientajierro, las cuatro esquinas, los contrabandistas, los carabineros cruzados, la gata paría, salto palito,  escondite, la una la mula, la rebaleta…, por mencionar unos pocos del amplio abanico de juegos infantiles que practicábamos a lo largo del año.  Todos los juegos estaban precedidos por preciosos plones, retahílas para echar suertes, casi todas ellas recogidas en mi libro, «Juegos y Lírica Popular Infantil de Tradición Oral». No me resisto a rememorar algunas de aquellas preciosas retahílas infantiles. La formulilla más utilizada por nosotros consistía en que un jugador llevándose las manos a la espalda esconde una moneda o una china en una de ellas. Escondido el objeto, muestra al otro jugador los puños cerrados para que acierte donde se encuentra. Éste lo hace tocando cada vez un puño, al tiempo que  entona este precioso sonsonete:

 

Arroz, fideo,

blanco me quedo,

la pura verdad,

ha dicho mi madre

que en esta estará.

 

O aquellas otras que decían:

Plón, botin, botera

tabique y afuera.

 

Plón: San Juan de Villanaranja,

lo bien que fuma,

lo bien que canta,

lleva la barriga llena de vino tinto

de vino azul.

¿A quién salvas tú?

 

Plón: El ninete de María Pupete,

el de Peti Yon,

plón, yo.

 

Las niñas jugaban, separadas de los niños, a la rueda, al corro, a botar la pelota, a la comba…, raramente nos mezclábamos en los juegos, pues no estaba bien visto, pues la moral del nacional catolicismo… Continuará. 

 
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