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LUZ DE LUNA

 

Para muchos de nosotros, la luz de la Luna siempre ha constituido un misterio. Personalmente, nunca he llegado a comprender por qué una pléyade de escritores, poetas, filósofos, sabios, ignorantes, brujos, nigromantes, santones, espiritistas, adivinadores, echadores de cartas, astrólogos, ...  se han ocupado de ella y han contado, fabulado y escrito tantas y tantas historias en torno a la misma.

       Permanecen ancladas en lo más recóndito de mi mente el recuerdo de infinidad de cuentos e historias de tesoros del tiempo de los moros, princesas encantadas, enamoramientos, fantasmas, aparecidos, almas del otro mundo, alicantes peludos, contrabandistas, mochileros e inquisitoriales que tienen como protagonista la luz de la Luna.

       En Gaucín, en las noches de verano, era costumbre muy antigua, hoy perdida, que los vecinos saliesen a la puerta de la casa a tomar el fresco y a charlar. Estas desiguales y heterogéneas tertulias veraniegas la formaban miembros de una o varias familias de la vecindad. La reunión, como la mayoría de las tradiciones antiguas, estaban muy ritualizadas; los mayores, sentados en sillas bajas de anea o en cojines; los niños acomodados en los umbrales de la puerta o sobre los bordillos de la acera. Los narradores  o contadores de cuentos solían ser,  por regla general, personas mayores con muchas experiencias de la vida, sobrias e iletradas la mayoría de ellas, pero copiosas y eruditas a la hora de narrar cuentos e historias. Dominan con excelente maestría el arte de la narración, heredado, sin lugar a dudas, de los antepasados andalusíes que tan aficionados eran a este tipo de reuniones y relaciones sociales.  De pequeño me entusiasmaba oyéndolos, admiraba sobre todo el dominio de la oratoria; algunas veces, hablaban despacio engolando la voz; otras, según su conveniencia de prisa suavizándola o debilitándola; y siempre, con el objeto de dar énfasis y afectación a la narración.

       Con ligeras variaciones, sólo de matices, se cuentan casi todas las noches las mismas historias. Suelen empezar más o menos así: - “Recuerdo que, cuando era chico, me contó mi abuelo que en los Tajos del Castillo hay un tesoro fabuloso en monedas de oro que había sido enterrado en tiempos de los moros. Un fulano, no recuerdo ahora su nombre, lo había soñado durante tres noches seguidas...” 

       El triple ensueño constituye el primer requisito o condición para poder desenterrar cualquier tesoro del tiempo de los moros.

       “La última noche que soñó con el tesoro, el espíritu del moro que lo tenía encantado le puso todas las condiciones y pruebas que tenía que cumplir para poderlo sacar. Entre ellas, le encargó que no se lo dijera a nadie y que en la próxima Luna llena fuese él solo, sin compañía de nadie, al lugar que, durante tres noches, tan nítidamente había soñado. Como la última vez que lo soñó la Luna estaba en cuarto creciente, - igualito que hoy- señalando al cielo  con gesto decidido...

       Al instante, todos mirábamos al cielo, la Luna, sobre nuestras cabezas, parecía una inmensa tajada de sandía que reía orientada hacia la izquierda. Tras la pausa, el narrador, una vez conseguido el efecto,  elevando la voz con énfasis proseguía el cuento.

       “Ya me acuerdo el fulano creo que era el descansado de Valerio Márquez, el Aprietaterrones, éste no pudo resistir y contó el secreto a su mujer; ésta, a su hermana y así sucesivamente lo supieron muchas gentes. Una semana después, cuando la Luna llena, redonda como un enorme queso, estaba en lo más alto del cielo, Valerio, provisto de un espioche al que había acortado el cabo (astil), se encaminó al lugar soñado. Llegado al lugar le sucedieron  todas las cosas. Una a una fue superando todas las pruebas, pero cuando ya tenía el dinero a la vista se le apareció, envuelto en humo, abierto de piernas y en tono amenazante, el guardián del tesoro.  Un enorme y monstruoso moro armado en una con una brillante y afilada espada curva y una serpiente  a modo de látigo en la otra. Valerio se quedó paralizado, cagado de miedo, él no esperaba esta aparición, pues no la había soñado. Cuando se repuso un poco del susto, oyó la voz bronca y seca, como de estraza del moro, el guardián del tesoro, que le invitaba  a seguirle por una larga y empinada escalera labrada en la piedra jabaluna en cuyo final había una habitación llena de arcas y baúles llenos de monedas de oro, diademas, pulseras, collares de perlas y otros muchos objetos valiosos, se calcula que más de dos arrobas de oro al peso...”

-   ¿Dos  arrobas?, interrumpíamos sorprendidos.

       El narrador contestaba asintiendo. “dicen que más -, hecho el inciso, proseguía la narración: “El moro, entre estruendosas carcajadas que hacían temblar las rocas, le decía una y otra vez: - Si no hubieses revelado el secreto, todo esto sería ahora tuyo; lo verás, pero no lo disfrutarás -  y dando un gran alarido desapareció llevándose consigo el tesoro.

       Valerio aprendió, por propia experiencia, que los secretos no se deben confiar nunca a nadie y menos a su mujer.

       Mientras los mayores hablaban, los más pequeños escuchábamos temerosos, sin perder puntada, boquiabiertos, tan fabulosas historias. Sólo, de vez en cuando, algunos de los presentes se atrevían a preguntar, o a pedir alguna aclaración sobre aquellos puntos que les parecían más misteriosos, o sobre aquellos hechos en los que el narrador había puesto mayor énfasis o más había ponderado.

       Las dudas y preguntas, casi siempre eran contestadas lacónicamente, con frases como ésta: “Eso dicen los antiguos, es verdad que pasó, yo no lo sé seguro, a mí me lo contó mi abuela,...”  También era muy corriente enlazar los hechos ignorados con otra nueva historia igualmente interesante y llena de misterios. De esta forma las noches se alargaban hasta que la Luna estaba sobre nuestras cabezas y nos miraba a todos con cara de vieja llena de verrugas. 

       De pronto, alguien decía: -“Me está entrando sueño, sintiéndolo mucho me voy a la piltra, que mañana tengo que madrugar y aprovechar la fresquita para dar una vuelta por el manchón y recoger el último tendal de higos, pues dicen que hogaño van a valer dinero”-  Al instante otro decía: -“Yo también me retiro, pues mi compadre Paco ha quedado en venir a llamarme temprano para ir a por una carga de leña al Saltoercura. Me han dicho que a la entrada del monte han hecho una corta de pinos y que se pueden aviar tres o cuatro cargas de leña”.

       Así unos tras otros, arrastrando cada cual su silla o cojín van deshaciendo la reunión, como un ovillo de lana en las patas de un gatito romano. Los niños agotábamos un poco más el tiempo disfrutando de la calle con algunos juegos, hasta que nuestras madres nos llamaban para irnos a la cama y seguir disfrutando de la luz de la Luna que penetraba por el ventanuco de la habitación.

(Fragmento de Mis Memorias)... Continuará

 
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