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MI CALLE
          Cada vez que visito Gaucín, mi pueblo, evoco, con cierta añoranza, las vivencias de mi niñez, adolescencia y primera juventud, pues a partir de los veinte años, en que salí a trabajar fuera, mi presencia en el pueblo ha sido intermitente. Los recuerdos afloran espontáneamente, sobre todo cuando llego a mi calle. Se trata ni más ni menos que de la calle Convento o Luis de Armiñán que por ambas denominaciones se la conoce.

 

         Al entrar en la Plazoleta, siento que algo propio me rodea: las casas, los escalones, las gateras, la antigua Botica de doña Consuelo, el bar de Chiquilitrés, la confitería de Currita, la Notaría donde el oficial, Sr. Mejias, tecleaba la máquina de escribir hasta altas horas de la madrugada, la fábrica de embutidos de Sebastián Gavilán, la tienda de Rita, la zapatería de Francisquito,la fonda de la Fructuosa, mi primera escuela, el estanco de la seña Concha,  la tienda en pura ruina de las Curras, Correos, los Juzgados, las fuentes públicas del Corralón, del Convento y del Canapés, la Carrera y, sobre todo, las personas; unas que, por desgracia, ya no están con nosotros y otras que viven lejos de la tierra que les vio nacer; sin embargo, unas y otras forman parte de la historia de mi calle y de mis recuerdos: son todos ellos elementos configuradores de nuestra calle y los que le dan una personalidad propia.

De los amigos de la infancia no queda ninguno viviendo en la calle, la mayoría emigraron en la década de los sesenta y están repartidos por toda la geografía española. Cuando llego a la calle del Convento me siento totalmente identificado con el entorno de la misma, como si algo propio me rodeara, pues no en vano residí en ella los primeros veinte años de mi vida y porque conozco una gran parte de su historia: vecinos, nacimientos, bautizos, bodas, muertes y otros aconteceres que forman parte del devenir de la vida. En mi calle, las relaciones humanas, basadas en la amistad, eran directas, cálidas y profundas; podríamos decir que todos nos conocíamos y compartíamos las mismas inquietudes e intereses. En la calle Convento, como en el resto del pueblo, las personas dejan de ser «conocidos de vista», para convertirse en vecinos y amigos.

La calle del Convento arranca en la Plazoleta y termina en la Cruz siendo con la calle del Chorronalto las más largas del pueblo. La denominación de Convento, se debe a que en la misma está ubicado el Convento del Carmen y la de Luis de Armiñán al diputado en Cortes  por Gaucín del mismo nombre.   

 El paisaje humano de mis recuerdos lo configuraban personas mayores entrañables a las que todos queríamos y respetábamos y la grey infantil organizada en pandillas por edades, precisamente en el entorno más inmediato de la calle. La calle, lugar de encuentro de los amigos, con toda seguridad, era el lugar por excelencia para socializarnos a través del juego  y  de las relaciones con los mayores.   

Me gustaría mencionar, a modo de censo, a todas las personas que en mi calle compartimos aquellos años felices de la niñez, pero por temor a dejarme atrás a alguna no lo hago, quedándome tan sólo con su recuerdo y con su afecto. 

(Continuará)

 
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