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MI CALLE, AÑOS 50/60, PAISAJE HUMANO

Evocando a las personas mayores con las que compartí vecindad y amistad en mi niñez, se me vienen a la memoria  un sin fin de anécdotas y vivencias, que no se si seré capaz de expresar  adecuadamente. Como decía en mi anterior artículo,  la calle Convento arranca en la Plazoleta y termina en la Cruz. Por seguir una metodología, empezaré el nomenclátor de forma ascendente, es decir, por la Plazoleta.

Quién de nosotros, ya sesentones, no recuerda a doña Cosuelo Gálvez, viuda de Jiménez, propietaria de la Botica de la Plazoleta; concretamente a mi me encantaba que mi madre me mandara a comprar a la botica, me quedaba embobado mirando el botamen y todos aquellos tarritos de jarabes, ampollas, cajitas de lata que exhibía primorosamente al público en las vitrinas de la antigua botica; pero sobre todo, era  la gracia, la simpatía y el talento de la regente lo que más recuerdo, siempre me preguntaba por mis padres y cómo iba en la escuela. También recuerdo que nuestro amigo Jerónimo González Mellado, el hijo de Nicolás, estuvo en la botica como aprendiz de mancebo y de cómo nos metíamos con él por el motivo de comer las cagarrutas de gato. De verdad, una pasada. 

  Por encima de la botica vivían las señoritas de la luz, Salvadora y María Josefa, que pasaban la mayor parte del año en Málaga, pues don Ángel García de la Vega, el marido de Salvadora, era militar de aviación destinado en la Base Aérea de Málaga, sólo venían al pueblo en contadas ocasiones, sobre todo en verano. La familia arribaba al pueblo acompañada de las criadas, siendo recibida por mi tía Francisca Valle, que ejercía, diría yo, como una especie de ama de llaves, pues era la encargada de dejar la casa como los chorros de oro o los cascajos de limpia, al tiempo que anunciaba a todos la inminente llegada de tan egregios vecinos. Los chiquillos cada vez que pasaba un avión Junkers Ju52  por encima del pueblo decíamos que era don Ángel que venía a dar un vistazo a las fincas y a los palos de la luz.

En la plazoleta, donde hoy está la consulta dental, recuerdo a mi primer barbero, Rafael, se  llamaba  y si mal no recuerdo era de Manilva y pretendía a Mari, una hija de Currita, la Confitera. El tal Rafael, utilizaba una técnica infalibles para que los niños nos estuviésemos quieto al cortarnos el pelo, que consistía en enseñar un caballo de cartón y prometer que jugaríamos un ratito con él si nos portábamos bien, pero al terminar siempre nos decía lo mismo: “el caballito se ha subido por las escaleras y ha volado por la ventana, otra vez será”. Y todos tan felices.   

Justo al lado de la barbería, se levantaba majestuosa una de las casas más típicas de Gaucín, con rejerías del s. XVII y fachada impoluta de cal y cintilla. Se trataba ni más ni menos que del café de “Chiquilitrés”, regentado por el señor Fernando Gil, un señor mayor con andares pausados, amable y simpático que se llevaba bien con todo el mundo. Recuerdo que en los días de Feria hacía unos buñuelos difícilmente superables en sabor y elegancia al servirlo engarzados en una juncia. A señor Fernando le sucedió en el bar su hija Antonia y su marido Cristóbal Mena Pineda; fue entonces cuando ya nosotros, con trece o catorce años, empezamos a frecuentar dicho establecimiento para jugarnos al dominó o a los naipes  la correspondiente consumición, consistente en un calentito, café o cola- cao, y más adelante un chato de vino con su correspondiente tapa. Casi siempre, llevábamos el importe de la consumición en el bolsillo; cuando no, Jacinto nos apuntaba en un cuaderno el correspondiente débito y si tardábamos en saldar la trampa nos pasaba a una pizarra que exhibía al público, así que andábamos listos para no salir en la pizarrilla. Esta época la recuerdo con especial nostalgia, pues tuve la ocasión de relacionarme con personas mayores que te enseñaban muchísimo y te ayudaban a percibir la vida desde la óptica de adulto y, sobre todo, a distinguir entre el deber cumplido y la “dolce far niente”. Personas como: el señorito Mejías y su perro, Alfonso Nieto, el “cartero”, Joaquín Nieto Román, señó José Nieto, don Mario Ramos, don Teodoro de Molina, don José Solís, el Practicante, Joaquín Larqué y un largo etcétera, incluido el Duque de Ahumada. El momento estrella, en la puerta del bar, era la salida y llegada del coche de la Estación atestado hasta los estribos de recoveros y recoveras procedentes de Algeciras-San Roque o algún viajero pintoresco que arribaba a Gaucín como representante del comercio.

En efecto, según me comunica Pera Herrera desde Barcelona, por encima del bar de Chiquilitrés, había una tienda de muebles y menaje de cocina regentada por Antonio García Moncada, Antonio el de La Cruz. La tienda ocupaba el bajo del edificio, incorporando como novedad el primer escaparate de Gaucín. entrando en el mismo edificio, a la izquierda hubo varias habitaciones dedicadas a oficinas. En el   primer piso abrió su primer despacho el joven abogado Salvador Martín de Molina, a quien recuerdo acudir a los Juzgados de Gaucín en su moto Vespa o Montesa, la marca es lo de menos. Igualmente, en esa vivienda residió la familia de un teniente de la Guardia Civil, su hija Gloria era compañera de clase y  amiga mía. Más tarde, la habitó don Benito, oficial de Juzagado, recuerdo a su sobrina Julia, algo mayor que yo pero de la pandilla.

Todavía sin salir de la Plazoleta merece mención especial la confitería de Currita, donde al calor de su exquisita repostería gaucineña se unía la simpatía de sus hijas. Curra, vestida siempre de negro, nos deleitaba con sus roscos blancos con anisillos de colores sobre el lustre, rosquillos de almendra, suspiros, alfajores, bizcochos, bollos de leche y un amplio surtido de golosinas que hacían las delicias de mayores y zagales.

Unos metros más abajo, en el comienzo del Camino de Gibraltar, la fábrica de productos del cerdo ibérico de Sebastián Gavilán Pérez y Juanita Umbría elaboraba muy buenos jamones, morcillas, chorizos, salchichones, zurrapas y otras exquisiteces que se vendían en Ceuta y todo el Campo de Gibraltar. Recuerdo a sus hijos: Sebastián, Luis y Antonio, todos ellos amigos míos.

Un poco más abajo residía Pepe González y su hermana Mariquita, la que siempre me llamaba para enseñarme un gran retrato al óleo de un pariente, sacerdote, del que se sentía muy orgullosa.  Recuerdo que una calurosa tarde de junio salí por el Pino a cazar gorriatos con el tirachinas, con la mala fortuna que una china rebotó en las piedras  y le rompí un cristal del tapaluces. María González mando a Mariquita Andrades  a mi casa y mi madre, para no oír más reclamaciones, no tuvo más remedios que pagar los tres duros del dichoso cristal. Claro que me quedé sin paga tres semanas. Mucho más abajo, ya metidos en el camino del Pino vivía la familia de seño Manuel Ramírez, excelente hortelano, siempre tenía el huerto que parecía una maceta. Sus hijos Emilio, Paco y Antonio eran amigos míos y considerados como vecinos de la calle el Convento. 

Enfrente de la confitería vivía Miguel Márquez y su mujer Francisquita Codda. Miguel, recaudador de contribuciones, capaz de dar un madrugón con tal de cobrar a los morosos. Debo decir que los niños no eran muy de su agrado, porque siempre nos llamaban la atención cuando nos acercábamos a su puerta o a sus rejas. No tenían hijos, con ellos vivía una sobrina.

En la que es hoy la casa de mi hermana, tenían una tienda las Curras –Concha y María-  que no sé por qué se hundió y que yo siempre la vi en ruinas. Era un deleite para los niños escalar por la reja hasta subir al segundo piso y registrar entre los cajones la mercancías que se habían salvado del hundimiento, sobre todos bolas, “meblis”, cuadernos y lápices para llevárnoslo.  Después del desplome de la tienda, las Curras se trasladaron a donde está hoy la tienda de Mari Paz. Las Curras eran unos personajes singulares, siempre de negro y sentadas en unas sillas bajas detrás de la puerta, observando a todo el que pasara, sobre todo a los niños, para mandarlos a por algún mandado.

  En la encrucijada del Pino y la calle, estaba la notaría, aquí hasta altas horas permanecía el señorito Mejías, mecanógrafo ametrallador, por su rapidez tecleando protocolos notariales. Unos metros más arriba, la tienda de Rita, viuda, que tenía unas hijas muy guapas cuyos nombres no recuerdo por ser ellas mayores y no haber tenido relación con las mismas, aunque sí con Antonio algo mayor también y que ayudaba a su madre en la tienda. Sé que las niñas eran muy primorosas con las labores, recuerdo que fueron de las primeras en tejer jerseys con  tricotadora. Esta familia, creo que se marchó a Cataluña allá por los sesenta. 

Casa emblemática para mis recuerdos era la zapatería de Francisquito. En ella me medían, cortaban y cosían, artesanalmente, dos pares de zapatos: botas en invierno y sandalias en verano, cuando se me quedaban chicas las heredaba mi hermano. La familia de Francisquito era admirable, todos los hijos trabajando bajo la tutela del padre y maestro y su mujer siempre atareada con las labores de la casa. En esta zapatería entró de aprendiz José Carrasco Rodríguez, el Perrín, a quien los zagales de la calle acosábamos para que nos proporcionara badana para las pedreras de los tirachinas. Casi siempre las conseguíamos.

Enfrente, en una casa de las señoritas de la luz, vivieron varios notarios y médicos. Don  Alfonso Zulueta de Haz, ilustre notario, fue uno de los fundadores del Patronato de Educación y Cultura, muy respetado y querido en el pueblo. Entre los médicos don Francisco Zamudio y don Fidel Garrido, grandes galenos y filántropos.

Existía por entonces una vivienda conocida por el Corralón, hoy solar, que estaba enfrente de la casa de Romero  y al que se accedía por una especie de terraplén sujeto por una “embarrá” construida en desnivel hasta alcanzar la cota de nivel de la casa. Cada vez que paso me vienen a la memoria agradables momentos de la niñez, pues en el Corralón pasé muy buenos momentos con mis amigos de la infancia. Allí vivieron, en distintas épocas, Joselito Sánchez Valle y Salvador Guerrero Medina, compañeros de juegos y travesuras.

Recordar a Concha, la Fructuosa, es recordar su lagar y su fonda, donde se hospedaban los músicos en las Fiesta de Feria y el Santo Niño y también los artistas de las “troupe” que visitaban el pueblo.

Lindando con la fonda de la Fructuosa vivían los compadres José Ordóñez y Antonia Gómez,  que fueron muy queridos por nosotros ya que ambos eran los padrinos de mis hermanas. Pasaban la mayor parte del año en la Huerta de la Carrasca en el río Genal, donde de vez en cuando les hacíamos una visita, especialmente en la matanza. Teníamos muy buena relación con sus hijos Loli, Antonio y Manolín.

  Seguía la casa de Correos de la que especialmente recuerdo a Alfonso Nieto González, el Cartero, casado con Mariana Godino. Para ayudarme en mis estudios, le sustituía en las labores de reparto durante sus vacaciones. De los administradores, sólo recuerdo a don Tomás Vizcaíno Gómez y con  singular afecto al cartero rural José “Tormenta”, encargado de llevar a pie la correspondencia  a los pueblos de la comarca. José, cuando llegaba de los pueblos era un torbellino de anécdotas, hasta que se calmaba y volvía a su característica amabilidad y buen humor.

Inmediatamente después, mi primera escuela y vivienda de mis primeros maestros don Enrique Ramos y don Juan Ortega. Igualmente,  recuerdo a doña María Reina esposa se don Enrique y a sus hijos Mario, Armando, Silvia e Inmaculada, así como a doña Rosalía Domínguez Faura mujer de don Juan y a sus hijas Maribel y Yolanda. De estas personas ya hablé en un artículo anterior; por tanto, remito al mismo en mi Webs. Un personaje que recuerdo, por lo raro de su nombre es a don Nicanor, empleado del juzgado, y a dos de sus hijos; Julio y Toni, aunque algo mayores que yo, con los tenía cierta relación, sobre todo con Toni, pues venía con frecuencia a mi casa porque decía que le encantaba jugar en mi patio. Esta familia, creo que se marchó a Los Palacios (Sevilla).

En la misma acera vivía señá Concha Bautista, la del Estanco, siempre de negro, pues había enviudado y perdido a un hijo, Enrique, al caer al vacío junto  a dos amigos, desde un balcón de la casa de Correos. Señá Concha, mujer amable y educada, regentaba un estanco y una tienda de ultramarinos. Siempre que pasaba por su puerta me llamaba para llevarle algún recado a su hijo Andrés que vivía en la calle de los Bancos; muchas veces para evitarlo, cuando tenía que pasar por su casa me daba la vuelta por el Pino y salía a la Plazoleta, a la vuelta hacía lo mismo, eludiendo así a las Curras y a señá Concha.

            Más adelante, vivía la familia de seño José Nieto, el abuelo de mi amigo José Antonio Nieto. Familia muy querida en nuestro pueblo, la mayoría del año residían en el campo, concretamente en el cortijo de Los Ranosos. Los Callejas, los de Los Algarrobos, los Quinis, los de los Almendrillos, los de la Beatas, los Circunstancias  y varias familias más de esta acera tenían casa en el pueblo, pero pasaban la mayor parte del año en el campo en sus respectivos cortijos. Sólo por motivos de abastecimiento de víveres o disanto venían al pueblo, días que aprovechaban para saludar a vecinos y amigos y agasajarles con algún presente de sus cosechas. 

Enfrente tenían la casa  tía Rosenda, el seño Andrés y Damian casado con Antonia, la tía de Francisco Gómez. La tía Rosenda tenía un huerto, en el callejón del Pino, frente a mi casa, con mandarinos y granados, ella misma lo cultivaba y regaba con una alberca que recogía las aguas procedentes del Chorronalto y de los “Grabieles”, en una ocasión no avisaron a la tía Rosenda de que iban a proceder a lavar una partida de jamones de la fabrica de embutidos  y le soltaron una alberca de salmuera  que acabó con todos los árboles del huerto. Allí mismo, junto al huerto, había un casarón de los que incendiaron los franceses y que servía de corral donde el seño Andrés encerraba las cabras todas las tardes; a los zagales nos gustaba mucho ayudarle a las labores de ordeño y embotijado de los chivos.

Enfrente de Alfonso el Cartero y de Mariana vivía la familia Godino-Molinillo, recuerdo la casa y el patio con aquellas escaleras labradas en la piedra que comunicaba con el Barrio Alto y, sobre todo, me acuerdo  de mi amigo Pedro con el que compartí escuela y muchos ratos de juegos en la calle. También de sus hermanos menores. La familia emigró en pleno a Cataluña, después apenas los he visto por Gaucín.

En la curva, que nosotros llamábamos el Rincón, residía la familia Hidalgo- Martín, seño Pedro y su esposa seña Antonia. Un matrimonio entrañable que tenía cuatro hijos Pedro, Rita, Isabel y Pepe todos casados y con viviendas colindantes a la de sus padres. Seño Pedro Hidalgo era un hombre bueno, de consenso, afable, sencillo, honrado en el carácter y en el comportamiento. Cuando algún vecino tenía cualquier problema, acudía a él en busca de consejo y, casi siempre,  lo solventaba con la autoridad de su bonhomía. En el mismo Rincón vivía otra familia muy respetada por nosotros, se trataba de seño Miguel y de seña Ana la del Rincón y sus hijos todos mayores que yo.

Me acuerdo de también de las hermanas Puertas, solteras, que vivían en el segundo piso de una casa de cierto empaque, pues tenía una buena fachada con muy buenas rejerías y zaguán de entrada. La planta baja la ocupaba la señora María, tía de éstas y con las que mantenía unas relaciones tormentosas. De vez en cuando, solía  aparecer por Gaucín, para visitar a las  hermanas Antonio Puertas, médico con consulta en Algeciras y que en cierta ocasión lo requirió mi madres para que viese a mi hermano Antonio, enfermo de no sé qué. Angelita y Luz fueron internadas en una residencia en Málaga y allí murieron.

Por encima vivían los compadres Francisco Gálvez y María Martín con sus hijos Paco, Antonio, Juana, José, Mariana, Joaquina y Pepa. Pasaban la mayor parte del año en el cortijo del Arroyo del Moro. José, ahijado de mis padres, en su juventud quiso ser torero, como también lo pretendieron El Niño de la Viña y El Violencias.

Entre la curva del Rincón y la boca del Callejón del Pino vivieron señá Josefita, familiar de los Callejas, la familia de los Almendrillos,  el seño Cesáreo y  la seña Isabel. El seño Cesáreo labraba una viña, cuando era época de vendimia siempre nos traía  a los vecinos algún racimo de uvas pasas.

Mis padres vivían en los bajos del número noventa y nueve de la calle con entrada por Callejón del Pino y disfrutábamos del patio, la azotea y el huerto. En el primer piso estaban los juzgados de Primera Instancia e Instrucción y Comarcal, pues Gaucín, en mi niñez, era Cabeza de Partido, así como la vivienda de Seña María Godino, viuda de Florín, de la que guardo muchos y emocionantes recuerdos. De pequeño, admiraba a las personas que trabajaban en el Juzgado, especialmente a los señores jueces, fiscales y forenses, pensaba que eran personas con mucha sabiduría, yo las admiraba y quería parecerme a ellas, de ahí me viene la creencia de que con esfuerzo y estudio todo se consigue. Recuerdo a al juez, atleta y escritor don Conrado Durántez Corral, hombre afable muy respetado y querido en el pueblo, gran amante del ejercicio físico, instaló en la azotea de mi casa una especie de gimnasio donde un grupo de jóvenes hacíamos ejercicios físicos y levantamiento de pesas; igualmente, don Conrado se ejercitaba en el lanzamiento de peso y de disco en los terreros, por detrás de la actual gasolinera. Andaba yo por los quince años cuando empecé mis estudios de magisterio y aún recuerdo los consejos de don Conrado, me decía que con esfuerzo y trabajo cualquier sueño era posible. También recuerdo a don Juan Gavilán de la Peña, juez comarcal, hombre condescendiente, siempre dispuesto a dar la razón a todo el mundo. Como no mencionar a Juan Moyano Román siempre dispuesto a dar buenos consejos a lo jóvenes y muy amigo de mi casa. Al señorito Mejías, mecanógrafo del Comarcal, inigualable redactor de las actas de levantamientos de cadáveres. Y a don Obdulio, creo que era fiscal, por lo raro de su nombre. Al médico forense don José Sanz, porque alguna vez tuvo que asistir algún accidente en mi casa, concretamente a mi hermano Antonio al que dí un chinazo en una ceja, con el consiguiente derramamiento de sangre y alarma de mi madre. 

Hablar de seña María Godino, es hablar de mi tercera abuela, seña María nos quería a todos con locura, siempre estaba pendiente de mi madre y de nosotros, nuestras casas se comunicaban por una escalera exterior y, con la menor excusa, pasábamos el día subiendo y bajando como locos para ver a señá María. Siempre nos agasajaba a mis hermanos y a mí con chucherías de la época; castañas, avellanas, higos pasados, pasas y alguna moneda. Pero el mejor presente de seña María, sin lugar a dudas, era la ración de tocino cocido que nos regalaba algunos días para untar en las tostadas del desayuno. Recuerdo a sus siete hijos; Andrés (militar), Juan (agente judicial), José, Francisco (albañil), Manolo (chófer), Teodoro (maestro albañil) y Agustín (guardia civil). Todos ellos tenían muchos detalles con nosotros.

En la acera de enfrente, embocando con el callejón de la Capitana, vivían los Quinis, esta familia residía la mayor parte del año en la finca de la Almunia y sólo venían al pueblo en las fiestas mayores. En la esquina opuesta, apenas lo recuerdo vivió la familia de Sebastián Cadena, que más tarde construiría la Venta de la Cadena. Después se vino a vivir a esta casa Juan Corbacho y Anita Real. Juan Corbacho ejercía de representante del Comercio y montó una tienda de ultramarinos. Estos son los padres de mi amigo de la niñez José Corbacho Real. El callejón de la Capitana comunicaba la calle del Convento con el Chorronalto,  siempre fue considerado como parte de mi calle y en el mismo tenían su casa la familia García-Moncada. Rita Moncada nos apreciaba mucho a mi hermano y a mí, sus hijos Paco y Antonio, aunque algo mayores, éramos muy amigos, siempre estábamos jugando, ora en mi patio, ora en el “saletón” trasero de su casa. Igualmente recuerdo con afecto a sus hijas Rita, María  y Antonia.

De nuevo en la calle Convento, en el ciento uno, vivía el personaje más singular que recuerdo de niño, se trata de Luisa, la Sorda Luque, curiosa mujer, que  se peinaba, vestía y vivía de forma estrafalaria. Toda llena de abalorios, a los chiquillos nos daba miedo ver a la Sorda Luque, a pesar de todo cuando la veíamos de lejos les decíamos cosas y nos metíamos con ella, que nos amenazaba con decírselo a nuestros padres. Los bajos de la casa de la Sorda Luque, se encontraba en ruinas, era el paraíso para los juegos de los zagales toda la calle, allí nos colábamos a escondidas por el casarón de mi casa y explorábamos la vieja bodega llena de cubas y telarañas. Por los años cincuenta, compró la casa Antonio Godino Salas, el alcalde de Gaucín por aquellos años, la obró para vivir en ella con su familia numerosa, formada por su mujer Ana Sánchez y sus siete hijos: Francisco, José, Manuela, Antonio, Miguel, Manolo y Marí Carmen. Antonio Godino era un hombre grande que inspiraba respeto y admiración a todos los vecinos. Anita una mujer amable, dedicada en cuerpo y alma a cuidar a su numerosa prole y de compartir amistad y buenas maneras con todos los amigos de sus hijos. Ni que decir tiene que la calle se animó mucho con la llegada de esta familia muy unida con la mía, llegando hasta hoy la amistad con todos ellos.

De nuevo pasamos a la acera de enfrente donde residían la familia de Enriqueta, de nuestra edad más o menos, en cuya puerta se formaba la tertulia más animada de la calle, recuerdo a su abuela contando historias de tesoros, de moros, de la Santa Inquisición, de la guerra civil y de otros temas y que los chiquillos escuchábamos con viva fruición. En la casa siguiente residía seña Isabel la de Zorrero, conocida así por el nombre del cortijo donde pasaban la mayor parte del año. Más adelante vivían seño Juan y la seña Antonia Nieto, matrimonio muy anciano cuando yo era niño, de los que tengo vagos recuerdos. Una puerta más arriba seño Francisco Benítez y seña María González, personas muy respetadas, pues sus hijos Francisco y Manolo eran sacerdote y guardia civil respectivamente. A continuación, los padres de Pepe el marido de Mari Paz, que también vivían la mayor parte del año en su finca del campo. Mis tíos Andrés y Concha tenían una casa pequeñita en el pueblo, hoy propiedad  municipal, pero como otros vecinos de la calle vivían en una finca próxima conocida por el Olivar. Inmediatamente, seño Pedro Herrera y seña Francisca López padres de Paco, Diego y Pepa. Paco Herrera murió en un trágico accidente en el río Genal, dejando viuda y dos hijos pequeños, Pedro y Paco, ambos amigos míos. Todavía recuerdo aquella horrible tragedia y la consternación que sacudió a todo Gaucín. A Pepa, casada con Viciana, tenía hijos de mi edad más o menos, se le murió una niña con siete u ocho años, todavía recuerdo como todos los niños de la calle fuimos al “enterrito” portando ramos de flores. Diego, casado con Anita Mendoza, tuvieron cuatro hijos de los que mis hermanos Antonio y Mª José eran muy amigos, sobre todo de Pedro y  Pepita. Diego Herrera fue guardia civil, emigrante en Alemania y por último policía local. Muy aficionado a la caza menor con perro salía con frecuencia de cacería con Fernandito Mendoza y mi padre, casi siempre se venían de vacío.

Pro encima de los Herrera, seña María Sanjuán y su sobrino Miguel León, Rumbo al Cairo, le decíamos de mote, posiblemente tomado de alguna película de las que veíamos en el cine Santa Teresa. En esta misma acera enfrente del Convento recuerdo la figura quijotesca del seño Rodrigo, siempre con la cachimba entre los dientes, por eso le conocíamos como seño Rodrigo, el de la pipa. Esta familia también pasaba la mayor parte en el campo. Pasada la bocacalle del chorro del Convento estaba la vivienda de seño Francisco Sánchez, señá Beatriz. Este matrimonio tenía varias hijas, la única que era amiga mía era Petrini, por ser más o menos de mi edad, las mayores ya andaban casadas o con novio. Daba gusto hablar con seño Francisco, por la sabiduría que encerraba, pues conocía muchas historias ya que fue testigo directo de los muchos acontecimientos ocurridos en Gaucín antes, durante y después de la guerra civil, a los chiquillos nos gustaba que nos contara estas historias y él siempre lo hacía a gusto porque era consciente que con ello nos enseñaba a no cometer los mismo errores que él había experimentado. Eso nos decía.

Las  ruinas del Convento de los Carmelitas y la finca aledaña, “Huerta de los Frailes”,  era propiedad de la familia Márquez del Río. Seño Joaquín y seña Ana eran personas muy queridas y respetadas por todos sus vecinos. Cultivaban la huerta y vendían los productos de la misma directamente al consumidor. Como la finca era extensa sembraban trigo, cebada, alverjas, garbanzos.  Los chiquillos esperábamos ansiosos la sementera por ver las yuntas de vacas que uncían y por poner las perchas en la besana y de este modo hacer una sarta de pajarillos que más tarde comíamos fritos con ajos. Aparte de la tierra de pan llevar o de labor, en la Huerta de los Frailes arraigaban todo tipo    árboles frutales, amén de almendros, olivos, encinas, alcornoques, algún pino real… Se ve que los carmelitas diversificaban los cultivos para tener de todo un poco. El matrimonio  tenia cuatro hijos Andrés, Juan. Ana y Joaquín todos algo mayores que yo; sin embargo, con Joaquín, Joaquinini, como le llamábamos los amigos,  sí mantenía una buena relación de amistad, pues frecuentábamos bailes y saraos en los distintos salones del pueblo. También diré que tras la desamortización de Mendizábal el edificio dedicado al culto tuvo múltiples usos, ora religiosos, ora profanos, que se fueron alternando hasta hoy. Mantuvo la condición de espacio dedicado al culto hasta la guerra civil en el que desaparecieron, victimas del fuego, las ricas imágenes que atesoraba en su interior. Sirvió de cuartel en la guerra, de cine, de almacén, de sede del Patronato de Educación y Cultura, más tarde la nave central se recuperó de nuevo para el culto y, por último, el Ayuntamiento,  su actual propietario, lo dedica a biblioteca, tanatorio, casa de la cultura, celebraciones y eventos varios, algunos totalmente inapropiados.

     En la Carrera, un extenso terreno que fue plaza de toros y campo de fútbol, se construyó en los cincuenta el grupo escolar Guzmán el Bueno. En la actualidad he visto que están construyendo el solar, dicen que para nuevo Ayuntamiento; por cierto, que se ha perdido la ocasión, viendo el terreno desperdiciado, de construir al menos dos niveles de aparcamientos subterráneos y con ello haber despejado las calles del pueblo de vehículos a motor.

Continuaba la calle Convento con la vivienda de mis amigas Nini y Paqui. Su madre Isabel era cariñosísima con todas nosotros, pues era parienta de mi abuela y siempre que llegaba a su casa me preguntaba por ella. La abuela  de Nini y Paqui era muy cariñosa y simpática, siempre nos contaba historias antiguas muy interesantes.

Por encima de Nini, vivía la familia de seño Joaquín Mejías y, a continuación, la familia de Antonia Román. Los hijos de las respectivas familias eran mayores que yo, por eso apenas teníamos relación, sin embargo, recuerdo a sus padres como personas de respeto.

La calle del Convento finalizaba en al Canapé, donde vivía las familia de los Callejas y mi pariente el Nitro.

Hasta aquí he llegado recordando a las personas mayores de mi calle con las que compartí los primeros años; a todas las recuerdo con singular estima a todas les debo gratitud y nostalgia porque entre todas, con su ejemplo, me fui socializando. Espero haber acertado con lo dicho sobre el paisaje humano de la calle El Convento en los años cincuenta y sesenta de pasado siglo, de lo contrario, si alguien se ha quedado en el olvido pido disculpas. Así mismo, pido la ayuda y sugerencias de mis lectores con el objeto de completar mis recuerdos.  

COMENTARIOS:

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¡Hola Miguel!
Larga y bonita historia de la calle como larga y bonita es la misma.
Te quiero apuntar que en la plazoleta, en la puerta siguiente al cafe de "Chiquilitre", creo recordar que habia una tienda, no se de quien era, tenia un escaparate que me maravillaba de ver las cosas que alli se exponian, creo que era de muebles y menaje para el hogar.
Al mentar al sr. Herrera -"el tio Herrera"- asi era como le llamabamos, pues aparte de ser vecino nuestro en el campo, tambien era compradre de mi abuelo materno.
Se me ha venido a la cabeza una anecdota que nos sucedio con un saco de melones que nos habia mandado mi otro abuelo-el paterno- desde Jimena, nos lo mando en "la impresa", con el encargo de que se entregaran en la casa de Pedro Herrera,-mi padre- te acordaras de Joselito "pantostao" el que repartia los paquetes ya que asi se ganaba la propinilla, pues bien le entregaron el saco de melones para que los llevara a mi casa pero se conoce que el pobrecillo no sabia el apellido de mi padre, asi que los llevo a casa del "el tio Herrera" que era el que el conocia.
Al cabo de un tiempo, se pusieron en contacto mi padre y mi abuelo que le pregunto que tal estaban los melones, contestandole mi padre que no habia recibido melon alguno, extrañandose ambos de lo acontecido indagaron que habia podido pasar, aclarado el asunto dio por resultado que nosotros nos quedamos sin melones y el compadre dijo que le extraño lo de los melones pero que habian estado muy ricos.dandose el asunto por concluido.

Rspecto al matrimonio que dices  que tenian un hijo sacerdote, te tengo que decir que a mi no me era muy simpatica la  seño pues queria que mis padres me metieran a cura y a mi me llevaban los demonios cuando la escuchaba pue me horrizaba lo de tener que ponerme la sotana.
saludos cordiales. Pera.     
     

 
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