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MEMORIAS

Aunque mis padres se ganaban el pan trapicheando en varios negocios, casi siempre, ruinosos: matando guarros para elaborar chacinas y mantecas para despacharlas al por menor y, la mayoría de las veces fiadas, chivos para llevarlos al mercado de La Línea, pollos y gallinas para venderlos en el mercado de abasto, recova por los campos de la localidad, contrabando a pequeña y mediana escala, medias y tercias en pindolos imposibles de sacarles rendimiento y un largo etcétera de chingichangas que generaban recursos suficientes para sacar adelante una familia de seis bocas, más un tropel de familiares y huéspedes que a diario compartían mesa y mantel en nuestra casa que, dicho sea de paso, era el paradigma de la hospitalidad…

En los años en que mi padre había sido el encargado del cortijo de la Mora había contraído tantas obligaciones y tantos compromisos con los colonos que éstos se sentían obligados a hacer de nuestra casa su segunda morada y raro era el día que no nos visitara alguno con su correspondiente semoviente al que también se le proporcionaba cuadra y la correspondiente espuerta de paja. Mi madre, cuando ponía cocido siempre echaba a remojo dos puñados de garbanzos extra, por si acaso. El problema eran los productos cárnicos que escaseaban y siempre le tocaba a ella quedarse sin la exigua ración de carne para cederla al comensal foráneo. En estos casos y por lo bajini, solía decir: - «como éramos pocos en casa, parió la abuela», pero jamás ponía una mala cara a nadie. Mi infancia y primera juventud transcurren en un pequeño pueblo, Gaucín, de la provincia de Málaga. Por aquellos tiempos, Gaucín ofrecía muy pocas salidas profesionales fuera de la agricultura y la ganadería. Los oficios tradicionales: barbero, carpintero, albañil, matarife, etc., estaban en manos de sagas familiares y pasaban de padres a hijos sin posibilidad de admitir a extraños como aprendices. Ante esta situación, a los once años deje la escuela para ayudar a mi madre en el puesto de frutas y verduras que tenía en el Mercado de Abastos. Mi trabajo consistía, entre otras ocupaciones, en portear las banastas desde mi casa hasta el mercado, algunos días hasta diez viajes -que me dejaban exhausto-, montar y desmontar el puesto y llevar las compras a domicilio. El tenaz empeño de mis padres por proporcionarnos a mis hermanos y a mí un provenir “menos sacrificado” que el que nos aguardaba en los negocios familiares y la decidida apuesta de mi maestro D. Mario, convenciendo a mi padre para que, al menos, no dejara de asistir a clase por las tardes y, además le ofreció, ante la coyuntura económica que atravesaba mi familia, las clases particulares sin cobrarle nada, si acaso un cuarterón de tabaco picadura de Gibraltar, “Montecristo”, que yo mismo le llevaba todos los meses. Yo, ante esta diversidad de ocupaciones familiares, opte por estudiar bachillerato y más tarde magisterio y dedicarme a la enseñanza. Mi temprana vocación era la medicina forense y como oficio me cautivaba el de carpintero, ambas inclinaciones desechadas por razones obvias. Los estudios los hice por libre; Bachiller elemental, en el Instituto de Enseñanzas Medias de Algeciras y Magisterio en la Escuela Normal “Salvador Rueda”, de Málaga. Para mi generación, los estudios por libre constituyeron una verdadera odisea, un camino lleno de obstáculos y, a veces, en condiciones vejatorias, pues a los alumnos libres se nos exigía el temario completo de todas las asignaturas, incluido la letra pequeña, mientras que los alumnos oficiales se examinaban de 2 ó 3 temas, a lo sumo, en todo el curso. Los alumnos libres constituíamos el hazmerreír de profesores y alumnos oficiales, que acudían en masa para vernos, como si fuésemos bichos raros, sobre todo al examen de Educación Física que realizábamos en el patio central del Instituto. El examen de Educación Física consistía en saltar el potro, el caballo y el plinto; aparatos que no conocíamos en nuestros pueblos de origen. Había chavales que se tiraban a muerte sobre ellos sin lograr salvar el obstáculo; a cada intento, un rumor de risas y cachondeo inundaba el patio procedente de las ventanas que lo rodeaba. Una vergüenza, para que hubiera quien la pasara. Sin embargo, todo se supera, en el fondo éramos unos privilegiados, pues nuestros padres y maestros se sacrificaron por nosotros y la mayoría cumplimos con los objetivos propuestos de conseguir un porvenir menos duro que el que vivían ellos. Para qué quejarse. No merece la pena pensar, como dice el bolero: «en lo que pudo haber sido y no fue». Lo que pudo haber sido y no fue es pasado y con una evidente carga de negatividad, lo que pasó pasó y ya no tiene remedio. Seamos positivos pensando en lo bueno que nos ha dado la vida y enfoquemos el día a día con esperanza e ilusión. Pienso que la vida hay que tomársela como dijera el poeta romano Horacio (Odas, I, 11): «Carpe diem, quam minimum credula postero», traducido al castellano, «aprovecha el día, no confíes en el mañana». O también su equivalencia en los refranes castellanos: «no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy» o «vive cada momento de tu vida como si fuese el último».
 
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