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PALABRAS HERMOSAS DE MI PUEBLO Y DE MI INFANCIA
     Mario Benedetti, escritor y poeta uruguayo, decía que: «La infancia es un privilegio de la vejez. No sé por qué la recuerdo actualmente con más claridad que nunca». Y no le faltaba razón. A mí me ocurre tres cuartos de lo propio. Cuando uno es abuelo y se acerca cada vez más a la denominada edad provecta o vejez, más me percato del privilegio de volver a ser como un niño.

En esta etapa de la vida, es la propia naturaleza la que pone las cosas en su sitio, la fuerza física flaquea e innumerables achaques asechan por doquier. Sin embargo, la fuerza espiritual permanece intacta y la experiencia acumulada a lo largo de la vida hace de cada ser humano un pozo inagotable de sabiduría. Sabiduría y experiencia que, por desgracia, pasan desapercibidas o son  poco aprovechas por las generaciones más jóvenes.

Los recuerdos de mi infancia afloran con una nitidez asombrosa. Recuerdos de los días felices junto a mis padres, hermanos, abuelos, familiares y amigos.  Me encanta revivir los acontecimientos más felices de mi infancia, sobre todo aquellas palabras hermosas, hoy en desuso y casi olvidadas, que configuraron mi vocabulario y que aprendí al calor de mi  hogar, de mi familia y de las calles de mi pueblo, Gaucín, donde los niños pasábamos muchas horas embarcados en juegos populares y batallas fantásticas; en resumidas cuentas, la infancia es una etapa muy hermosa en la vida del hombre y que merece la pena rememorar de vez en cuando.


Toda lengua posee un tesoro de términos léxicos que empleamos para comunicarnos y que somos capaces de interpretar y comprender. El vocabulario constituye el elemento esencial del lenguaje, actuando como eje vertebrador de los restantes aprendizajes (lectura, escritura, composición, conversación, etc.).

Entre las palabras hermosas de mi pueblo y de mi infancia destaco hoy las siguientes:

Alarife. Según la RAE: (Del ár. hisp. al‘aríf, y este del ár. clás. ‘arīf 'experto'). Nombre que se daba antiguamente al arquitecto o maestro de obras. Esta bella palabra la recuerdo con especial cariño y siempre asociada a don José Delgado Rodríguez, Pepe Delgado, como se le conocía en Gaucín al alarife del Ayuntamiento, su bonhomía aquilatada por su afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento. Siempre que me veía me paraba y preguntaba por la familia, pues era muy amigo de mis abuelos paternos. Cuando evoco esta hermosa palabra me llena de orgullo saber que mi hijo mayor, José Miguel, sea arquitecto; que, en definitiva, podemos decir: - alarife-.

Alcancía: Hermosa palabra «alcancía». Se trata de una palabra de origen árabe que va cayendo en desuso, sustituida por la palabra hucha. Según el Dicc. de la RAE: (Del ár. hisp. *alkanzíyya, este del árabe. clás. kanz 'tesoro', y este del pelvi ganǰ). Vasija, comúnmente de barro, cerrada, con solo una hendidura estrecha hacia la parte superior, por donde se echan monedas que no se pueden sacar sino rompiendo la vasija. Según nos explica Corominas en su Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, el sustantivo alcancía viene probablemente del árabe vulgar kanzîya. Y viene a significar, por tanto, algo así como «la del tesoro escondido». Efectivamente, la alcancía encierra tesoros y no es el menor de ellos este antiguo significado. Para los niños de mi generación la alcancía constituía el tesón, la constancia y la ilusión de que estuviese llena para la feria, pues no en vano en ella en ella íbamos metiendo todas las monedas recaudadas en los recorridos familiares que realizábamos semanalmente. Los niños disfrutábamos de manera especial cuando nuestro padre o nuestra madre rompían la alcancía y procedían a contar el tesoro en ella contenido. Sin embargo, algunos aprendimos a saquear el tesoro con ayuda de un cuchillo que introducíamos por la hendidura y por el que resbalaban algunas monedas con las que comprar chucherías varias: lupinos, pipas, chicles bazoka o jugárnoslas a cara o cruz o a la cuarta pared con el viejo de las pipas, creo que recordareis en la Esquina Matías al padre de Flora con aquella enorme canasta al brazo a modo de kiosco ambulante.  

Aljofifa. Según el RAE (Del ár. hisp. alǧaffífa 'esponja').  Pedazo de paño basto de lana para fregar el suelo. En Gaucín  esta palabra es pronunciada «jofifa» y la acción de fregar el suelo con la «jofifa» «jofifar». 

Esta bella palabra de origen árabe forma parte imborrable de los recuerdos de mi infancia. Al evocarla, veo a mi madre y a tantas otras madres de rodillas fregando los suelos de la casa, la mía en concreto, por si fuera poco, también tenía que «jofifar» una vez a la semana las dependencias del los Juzgados de Gaucín, todo ello por un módico sueldo, sin ni siquiera estar dada de alta por Justicia en la Seguridad Social. Eran unos tiempos muy duros donde había que dejarse la vida y la salud para poder sobrevivir y sacar adelante a  la familia. Hoy esta hermosa palabra ha sido sustituida por otras como fregona, mopa, mocho, etc.  Sin dudas, vocablos no tan bonitos; aunque, hay que reconocer que el invento de os mismos ha servido para liberar a la mujer de la esclavitud de la «jofifa». Ojalá esta preciosa palabra no se pierda en el olvido.  

Arroba. Esta bonita palabra es de uso corriente en Gaucín y en otras zonas de Andalucía. De niño, la aprendí, con sus respectivas equivalencias, de la boca de mi padre, él siempre decía: -la arroba castellana equivale a la cuarta parte del quintal, o lo que es igual once kilos y medio, cada arroba tiene veinticinco libras y cada libra cuatro cuarterones. Aunque en desuso en Gaucín sigue siendo utilizada para medir el peso de las algarrobas, de los guarros, los chivos y otros productos.

Arrope. Otra singular palabra de mi niñez. El diccionario da bastantes acepciones de la palabra arrope que no vienen al caso. Sin embargo, este vocablo está asociado con los postres para el recuerdo íntimamente relacionado con la época de la vendimia y que figura en mi libro, «Gaucín, gastronomía popular»,  y cuya receta incluyo: Ingredientes: 2 Arrobas de mosto, 5 Kg. de frutas (membrillos, cidra, calabaza, peras). Modo de hacerlo: Durante la vendimia y pisado de la uva en el lagar se elige una porción de buen mosto generalmente  un par de arrobas. En un perol se pone a hervir hasta que el mosto quede reducido a la mitad, es decir, hasta que tenga la consistencia de jarabe. Antes de retirarlo del fuego, se le añade fruta, previamente cocida y endurecida durante doce horas en agua de cal. Se enfría y se conserva en tarros o porrones de barro vidriados durante todo el invierno.

Cachucho. Según el Dicc. de la RAE significa: «Pez marino de hasta 1 m de longitud, color gris plateado con reflejos, cuerpo ovalado y comprimido, aletas espinosas, cabeza y escamas grandes, y algunos dientes salientes en forma de colmillo; se alimenta de plantas y habita en el Atlántico y el Mediterráneo; su carne es comestible». Igualmente, la RAE ofrece hasta seis acepciones de la palabra cachucho, ninguna relacionada con el significado que dábamos en Gaucín al vocablo en cuestión, el nombre aparecía asociado a las supersticiones o creencias de los niños, como recuerdos de mitos y miedos infantiles no superados, como el miedo al Coco, al tío Cachucho, al tío del Saco, al tío de la Sangre, a la oscuridad, miedo a quedarse solo, etc. Estos episodios de miedo y ansiedad aparecen en el hombre mucho antes que la figura protectora de la madre y, por tanto, son inherentes a la condición humana. Sin embargo, evoco esta bella palabra con la nostalgia propia de un niño al que su madre le dice no te vayas a juagar a la Era del Pino, que el «Tío Cachucho» anda por ahí y se lleva a los niños desobedientes.

Hogaño. Hermosa palabra derivada del latín, hoc anno,  que significa: en este año. Esta arcaica palabra «hogaño» era muy utilizada por las personas mayores de nuestro pueblo; especialmente, recuerdo que mi abuela Josefa la utilizaba a diario para referirse a las cosechas, al tiempo que hacía en una determinada estación o a cualquier otro acontecimiento que ocurriera en el año, en este año. Solía decir: -hogaño hay una buena cosecha de almendras- o también –hogaño llueve menos que el año pasado- o –hogaño las gallinas ponen poco-.

Meloja.  Con la palabra «meloja», ocurre tres cuartos de lo mismo, la RAE la define: -(De miel, y el suf. ant. -oxa). Lavaduras de miel. Al igual que el arrope, la meloja constituye un postre para el recuerdo y de la que reseño su receta. Ingredientes: Panales procedentes de la castra de las colmenas. Granos de anís o matalahúva. Calabaza o cidra. Modo de hacerlo: Extraída la miel de los panales, la cera se lava con agua hasta que quede limpia. Esta agua de lavar la cera se pone al fuego con unos granos de matalahúva y se deja hervir hasta que tome consistencia de jarabe dulce y agradable. La calabaza o la cidra, depende de los gustos, se corta en cachos delgados y se sumergen en agua de cal durante unos días para que se endurezcan. Se lavan bien y se cuecen con la meloja hasta que estén en su punto.

Zotea. Es como conocemos en Gaucín la palabra azotea. El diccionario la define como: «Cubierta llana de un edificio, dispuesta para poder andar por ella». En nuestro pueblo la terraza más grande está en la casa donde crecí de niño, es una cubierta de de grandes dimensiones, con espléndidas vistas al Estrecho de Gibraltar y norte de África,  donde solíamos tomar el sol durante el verano después de bañarnos en la alberca, llamada de Agraciana, organizar algunos guateques...  

  Coloquialmente también significa «cabeza». Cuando una persona tiene poco juicio, se le suele decir que anda mal de la azotea. Así mismo, cuando te golpeas en la cabeza, decimos: -me he dado un golpe en la azotea.

Zumaque. Del árabe, sumaq, nombre vulgar de de varias especies del género rhus, de la familia de anacardiácea. El que se cultivaba en Gaucín, usado en las tenerías, es un arbusto de unos 3 metros de altura, sus flores en panojas apretadas son primero blanquecinas y luego encarnadas, su fruto es drupáceo y encarnado, rico en tanino, por lo que se empleaba antiguamente en Gaucín como curtiente de pieles. Aún se conserva en nuestro pueblo el toponímico de «La Tenería» en clara alusión a la profesión de curtidores de piel. Sin embargo, esta palabra admite la acepción de –salvaje-, persona maleducada. Mi madre solía decir: -niños, no os juntéis con fulano que está como el zumaque, para indicarnos que el referido sujeto,  adolecía de educación y de formas ni maneras de comportamiento.

        Hoy he elegido estas, a mi parecer, palabras para ofrecerlas a mis lectores, con el convencimiento personal de que son muchos más los vocablos bellos de nuestra niñez y de nuestro pueblo que todos recordamos y que desde aquí os invito a recordarlos y, si os parece bien, hacérmelo llegar para publicarlos en la página, en vuestra página, «Gaucín al Alba»
 
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