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¿Te acuerdas Miguel?

Teodoro R. Martín de Molina

 

En aquellos años, cuando todos disfrutábamos tanto con tan poco, unos de los recuerdos más felices que vienen a mi memoria eran las ansiadas vacaciones del verano. Y entre las muchísimas actividades a las que dedicábamos nuestro tiempo “desde que Dios amanece hasta que anochece” –expresión propia de los mayores – era el baño. Los más arriesgados se aventuraban a bajar hasta el río Genal y darse sus buenos chapuzones en la poza del Pontoco o la de Copaipa, la de Blanquillo o en la de Badillo, al tiempo que siempre saboreaban alguno de los exquisitos productos de las huertas colindantes. Otros, con menos ímpetu aventurero, cuando mucho llegábamos al arroyo Lareta, en donde no siempre encontrábamos agua en la que remojarnos. Aunque lo más común era hacer uso de las albercas de los huertos más próximos al pueblo.

Al comenzar la temporada de riego se limpiaban las albercas y les quitaban el fango y las escamas de ranas. El huerto del Rana y el huerto Cuarterón eran baños gratis pero llevaban parejo la caminata que teníamos que darnos para ir y venir y el riesgo de que te pillase el dueño, en el caso del primero, o seño Juan “Nariz Larga”, el encargado del huerto Cuarterón. Si nos sorprendían teníamos que andar más que aprisa. Nos veníamos corriendo con el hatillo de ropas bajo el brazo y con los zapatos en chancla para escapar de sus amenazas. Cuando volvíamos del baño veníamos con más calor que con el que nos habíamos ido.

En la alberca del huerto Cuarterón aprendimos muchos a nadar. Íbamos cuando la alberca estaba media y nos tirábamos desde el segundo escalón, con ese impulso y un par de manotazos más llegábamos a la pared de enfrente y conseguíamos hacer un ancho. Nos volvíamos andando al escalón para comenzar de nuevo, hasta que se perdía el miedo y se comenzaba a flotar y con manotazos más o menos desesperados se hacía el ancho sin necesidad del impulso inicial. Antes de aprender a nadar, cuando íbamos a bañarnos mirábamos desde la curva que había antes de comenzar la cuesta grande para ver si estaba la alberca llena o media. Si estaba llena nos dábamos la vuelta y nos ahorrábamos la cuesta. Después de aprender a nadar, lo que más deseábamos era encontrarnos con la alberca rebosando.

En la alberca de María “la del Pino” nos costaba el dinero bañarnos, pero estaba en el pueblo. Cuando conseguía los seis reales que tenía que pagar, a las doce en punto estaba allí para darme un baño junto con mis amigos. La alberca tendría poco más de dos metros de ancho por otros tantos de largo y algo más de metro y medio de profundidad. En tan poco espacio y con tan escaso volumen de agua llegábamos a juntarnos a la hora del baño entre veinte y treinta. Todos varones y de todas las edades.

Parece milagroso que en aquellas condiciones y con lo brutos que éramos no pasara nada grave. Era común que algunos se tirasen de cabeza desde uno de los postes que había en las esquinas. Estos postes estaban a una altura superior a la profundidad de la alberca. Tirarse de culo con todas tus fuerzas era moneda corriente. Tampoco era extraño que te diesen algunas ahogadillas por baño. Como nadar era algo casi imposible, cuando había pocos en la alberca aprovechábamos para darle vueltas bajo el agua. El récord lo compartían Miguelín y Paquito Edmundo que le daban cuatro o cinco vueltas de un tirón. A la hora de terminar el baño y antes de zambullirnos por última vez nos santiguábamos y decíamos este pareado:

«La zambullía de Cristo,

si no me ahogo me visto».

Tras lo cual nos íbamos a secarnos al sol, antes de vestirnos entre las plantas o con el culo dando a los otros bañistas.

Tomábamos el sol en una azotea próxima que estaba sobre las cuadras y contigua al jardín. Tenía unas losetas de barro en las que nos tirábamos como locos cuando salíamos del agua. Para ir de la alberca a la azotea había unas losas de piedra que resbalaban como el jabón y, como salíamos corriendo del agua para ir a tomar el sol, más de uno dio con sus huesos en el suelo en el cortísimo trayecto. Cuando llegabas mojado era factible el tumbarse en las losetas. Allí te tenías que quedar pegado pues en el momento en que se te secaba el cuerpo no había posibilidad de cambiar de sitio, te podías dejar la piel en el intento porque las losetas abrasaban y era raro el que se llevaba una toalla para extenderla sobre ellas.

Las niñas, fundamentalmente las hijas de tía Ventura y algunas de sus amigas, iban por la tarde. Éstas no tenían que pagar porque María tenía en alquiler la casa y el huerto que pertenecían a una parienta de tía Ventura. María tenía con ellas ese detalle. También lo tenía siempre con Jesús y con el Momo que eran compañeros de estudios y amigos de Miguelín, el hijo mayor de María. A mí tampoco me cobraba en muchas ocasiones y entonces los seis reales me los gastaba en lupinos.

María era una señora muy amable y demasiado condescendiente con la pandilla de instrumentos que allí nos juntábamos. Solamente se enfadaba cuando nos metíamos en los jardines y le estropeábamos algunas de las plantas, o cuando había peleas y discusiones entre nosotros. Entonces se ponía seria y podía llegar a echarnos de la alberca y de la casa.

Además de vender lupinos vendía verduras, frutas y otros productos de ultramarino que tenía en la tienda que estaba a la entrada de la casa. La tienda era una prolongación del puesto de frutas y verduras que tenía en la plaza de abastos. Los mayores, en no pocas ocasiones, recurrían a ella para que les hiciera una pipirrana. Le compraban los ingredientes y la bebida con la que la acompañaban y María se la preparaba encantada. Los pequeños mirábamos como los mayores comían y bebían y nos teníamos que conformar con los lupinos o algún pinchazo de la pipirrana.

Muchas de las hortalizas las producía el huerto que se extendía desde la alberca hasta el camino del Pino. Allí seño Miguel, con la ayuda esporádica de sus dos hijos Miguelín y Antonio, cultivaba toda clase de hortalizas, desde tomates y pimientos hasta berenjenas o alcachofas. Muchas tardes me iba con Miguelín y le ayudaba en sus tareas de hortelano o simplemente observaba como él las realizaba. Miguelín además de ser compañero de Jesús y muy amigo de todos nosotros, tal vez por entonces ya andaría pensando en Inmaculada como la mujer de su vida.

En el huerto también había bastantes árboles frutales y de adorno, entre ellos destacaba el magnolio que ocupaba prácticamente el primer bancal. Junto al magnolio estaba un azofaifo, ambos árboles eran únicos en el pueblo. De éste último Antonio nos daba algunos frutos para que los saboreáramos. Había en uno de los bancales un naranjo mandarino, de ésos que daban unas mandarinas muy pequeñas pero de cáscara fina y dulces como el almíbar.

Bajo ese naranjo estuvo Antonio entreteniendo a Juan Luís, el hermano pequeño de Corbacho, echándole naranjas al tiempo que se quitaba los pantalones y se hizo sus necesidades sobre el chiquillo. El pobre niño al ver lo que le había caído encima corrió llorando como un berraco a su casa. Nos contaba el propio Antonio que la madre de los Corbacho no cesaba de renegar diciendo:

— ¡Qué comerá el muy judío para que la mierda huela de esta manera!

Antonio, que tenía menos vergüenza que todo lo que se diga y estaba escuchando las quejas, no contento con la guarrada que había hecho se aproximó a una de las ventanas y se atrevió a responderle a la irritada señora:

— ¡Será que usted fríe los huevos con colonia!

¡Menos mal que eran vecinos y amigos!

 

Pasaje extraído de “Treinta Años Después” para “Gaucín al Alba”

 

 

 
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