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AUSENTES

      Se aproximan las Fiestas de verano de nuestro pueblo,  la Feria y Fiestas de agosto, en honor de la Patrona Nuestra Señora la Virgen de las Nieves y el Santo Niño, en septiembre.

            Esta cercanía me hace pensar en los gaucineños que, como yo mismo, llevamos años fuera del pueblo. Somos los gaucineños de la diáspora, los ausentes. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta muchas familias dejaron el pueblo en busca del sustento que la tierra de sus raíces les empezaba a negar.

 

 Imagen de muestra

 

Bancales de mi infancia donde arraiga el azufaifo, al fondo los Tajos de Ciruela. Foto Diego Galindo

 

      Gaucín, pueblo eminentemente agrícola y ganadero, escapaba de toda posibilidad de ser mecanizado, por lo quebrado del terreno y las explotaciones agrícolas dejaron de ser rentables, provocando un éxodo masivo de sus habitantes. Decenas de familias abandonaron sus casas y propiedades para iniciar una nueva vida en regiones más desarrolladas industrialmente como el País Vasco, Cataluña y más tarde la Costa del Sol.

 

Imagen de muestra
Gaucín, el pueblo donde se hunden nuestras raíces. Foto Diego Galindo.

 

       Nos convertimos de pronto en emigrantes lejos del lugar en el que nacimos y crecimos. Sin embargo, jamás olvidamos nuestras raíces y cada verano, a la primera ocasión que se nos presenta, hacemos las maletas para regresar al pueblo que nos vio nacer. No obstante, últimamente, se viene comprobando que cada vez regresan menos emigrantes y son varios los motivos, a mi entender, los que provocan esta disminución; ya vamos siendo mayores para viajar,   el hecho de haber vendido la casa del pueblo, el que los hijos ya son mayores y se han casado con foráneas y se han adaptado por completo a su nueva residencia. Lo más triste de todo, comprobar que muchos de los pioneros en salir de Gaucín han regresado definitivamente para descansar, a la sombra de los Tajos de su querido Castillo del Águila, bajo el manto protector del Santo Niño al que seguro nunca olvidaron en la ausencia; a ellos, también mi cariño y mi recuerdo.

 

 

Imagen de muestra
Cuando llegue el día, a tu sombra descansaré. Foto Diego Galindo

 

      Gaucín, balcón de la Serranía, en estos días veraniegos y festivos recobra el pulso y el ambiente que siempre la distinguió, su población se ve incrementada por el regreso de muchas familias que se niegan a perder el vínculo con familiares y amigos. Las calles se encuentran más concurridas y animadas que de costumbre.

      Durante las noches, los Bares y Terrazas del pueblo están a tope para saborear los vinos y tapas de la tierra, las reuniones de amigos y vecinos son habituales, al igual que las visitas. Se evocan recuerdos y vivencias de la niñez y juventud, se queda para ir a la playa, a Gibraltar, a pasar un día de campo en el río Genal o a visitar a otros familiares que residen en la Costa o pueblos limítrofes. Se charla de lo humano y de lo divino; pero, sobre todo, se convive y se comparten preocupaciones y experiencias.

      Como ausente, me gustaría que el Excmo. Ayuntamiento de Gaucín instaurase institucionalmente el “Día de Ausente”, una especie de Verano Cultural, para agasajar, no necesariamente de forma material, a los que tornamos a nuestros ancestros. Un Día que sirviera para estrechar lazos familiares y de amistad, recuperar la historia y la cultura de nuestro pueblo. Sin duda, se crearía un ambiente acogedor y sería un atractivo más para la visita de familiares y amigos.


 

Imagen de muestra
Calles que no se olvidan. Foto Diego Galindo.

 

       Tampoco podemos olvidar la nueva realidad social de Gaucín donde vive una nutrida colonia de extranjeros también a ellos habría que darles participación pues siempre un intercambio de culturas es bueno para todos; sobre todo, cuando se realice desde el respeto y la compresión del otro.

      Por otra parte, no acaba de salirme la vena poética que quisiera; aunque, a veces, lo intento. Hoy me ha salido, dedicada a todos los AUSENTES, la siguiente estrofa:

 

Gaucín, mi mejor poesía, tu horizonte

teñido de malva al amanecer,

gris y plata al mediodía,

candela viva al atardecer.

Al alba todo es silencio,

un silencio dorado y quieto,

leve eternidad sólo perturbada

por un sin fin de cronos inquietos.

Noregaos puestos de acuerdo,

en serena melodía, nos despiertan

con un confín de quiquiriquíes.

Al anochecer, de nuevo, todo es silencio y quietud.

 

 

 

 

 
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